Malos Tiempos En La Familia 08.03.10

 

Hubo días de gloria, esperanza e ilusión en una familia de Florida, cuando dos de sus integrantes, primos entre sí, eran el futuro brillante de la NBA, allá por finales de los ’90. Vince Carter se unió a Tracy McGrady en la disciplina de los nuevos Raptors con el objetivo de convertir a la nueva franquicia de Canadá en una opción clara de playoffs y quien sabía entonces si de algo mucho mayor.

Una vez se vio que en Canadá no conseguirían sus objetivos, siguieron su camino separándose y convirtiéndose en jugadores franquicia de referencia en la Liga, T-Mac en Orlando y Vinsanity en New Jersey. Fueron años donde no hubo reproches a sus actuaciones individuales (premios varios y presencias en All-Star y Juegos Olímpicos incluidas), pero donde, a nivel colectivo, se empezaba a vislumbrar un mal de ojo del que todavía no han conseguido deshacerse.

Si bien la carrera de Carter ha sido más sólida y más regular, sigue siendo miembro honorífico de la larga lista de megaestrellas sin anillo (los más recientes, Karl Malone, Charles Barkley, Pat Ewing, Reggie Miller, Chris Webber, Dominique Wilkins o el aquí co-protagonista Tracy McGrady, entre muchos otros) y, lo que es peor, sigue teniendo fama de adaptarse poco al colectivo y lanzar demasiados tiros. Probablemente a día de hoy, en Orlando (su actual equipo y donde promedia 16.4ppg, 4.2rpg, 2.9apg), no dejarían ir de nuevo a Turkoglu a cambio de sus servicios.

Pero lo de su primo Tracy es todavía peor. Tiene más clase, más fundamentos, más reconociemiento popular (todavía este año, sin jugar, fue de los 5 jugadores elegidos por el público para la Conferencia Oeste del All-Star) y hasta más altura que Vince… pero lleva la lacra de jamás haber superado la primera ronda de los playoffs, y no será por haber tenido oportunidades y no haber formado parte de equipos fuertes para conseguir al menos eso. Defenestrado en Houston la dos últimas temporadas (a pesar de su buen rendimiento anterior y de formar parte ya de la historia de la NBA al haber anotado 13 puntos en 33 segundos que dieron la vuelta a su partido contra los Spurs en Diciembre de 2004), su traspaso a New York (donde solo promedia 8.7ppg, 2.5rpg, 3.3apg) suena más a despedida en una de las mejores plazas que a resurgimiento, a tenor de los números de sus primeras actuaciones con los Knicks, muy a mi pesar.

Veremos qué sucede, pero no apuesten por nada que no hayan logrado hasta ahora. No veo capaz a Orlando de sorprender llegando a la Final de la NBA de nuevo, y menos a New York aspirando a algo más que no sea vaciar capacidad salarial para dar el bombazo con el fichaje de LeBron James en este próximo verano. Lo demás, está de más.

Pero hubo días de gloria, esperanza e ilusión en una familia de Florida, cuando dos de sus integrantes, primos entre sí, eran el futuro brillante de la NBA, allá por finales de los ’90… y hacían mates memorables que nunca más se repitieron, pero que jamás se nos olvidarán, como tampoco a Shawn Bradley (2,29m) y Frédéric Weis (2,18m).

 

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