Amistades Peligrosas

 

Chris Paul lleva dos derrotas consecutivas. Primero perdió el trono que tenía como indiscutible mejor base de la NBA en favor de Deron Williams (Steve Nash y Rajon Rondo, sin querer ofender). Ahora ha perdido la cabeza.

El que fuera además de superestrella de la Liga, ejemplo de valores personales y ayuda a la Comunidad anda confundido, o le están confundiendo. Hagamos una pequeña cronología de sus últimas semanas: Viéndose relegado a un segundo plano informativo desde la vuelta de la selección norteamericana de los Juegos Olímpicos de Beijing’08, hace unos días se planta en la boda de Carmelo Anthony en New York y suelta que el novio, Amar’e Stoudemire y él mismo deben ser el nuevo trío que contraste fuerzas con el ya formado en Miami. Tras la resaca, filtra a la prensa que quiere que New Orleans le traspase ahora mismo (termina contrato en 2012) e incluso deja constancia de una posible lista de franquicias preferidas llegado el caso de que los Hornets aceptaran negociar (por este orden: Knicks, Magic, Mavs y Blazers). Tras el revuelo mediático premeditadamente buscado, declara que está contento en Louisiana a la vez que acepta sentarse en una mesa con los (nuevos) responsables de la franquicia de New Orleans para hablar de futuro (subirse el contrato, hablando en plata).

Cuál es el siguiente acto de esta comedia barata, Chris? Cuales son tus intenciones reales? Hace decir que sí, y después que no. Ahora me voy, pero ahora me lo pienso y creo que me quedo. No digo públicamente que quiero que me traspasen (lo dicen otros por mí), pero tampoco digo lo contrario. Juegos malabares que auguran un mal final.

Y eso que Paul llegó a la NBA con mucha de la pureza personal y el compromiso con la franquicia que sí ha demostrado Kevin Durant con los Thunder, o la de Tim Duncan con los Spurs. Nada de eso sirve ya.

El problema de fondo radica en la profunda amistad que se profesan Chris Paul y LeBron James (“Mucha suerte, hermano, haz lo que sea mejor para ti y tu familia” escribió The King en su Twitter hace unos días en referencia a la situación de CP3). Por la influencia de la nueva estrella de los Heat, Paul cambio de agentes, de personas de confianza, y contrató a los de LeBron. Si por alguna razón alguna vez un tal Maverick Carter o un tal William Wesley os ofrecen sus servicios de asesoramiento, pensad que os van a sacar los ojos y arruinaran vuestro nombre para siempre jamás, si pueden; y si no pueden, lo seguirán intentando.

Con amigos así, para qué quieres enemigos?

Este par de “tiburones blancos”, sedientos incasablemente de sangre en forma de billetes de mil dólares, no tienen escrúpulos. Ni prejuicios, ni corazón. Están usando a Paul como una pura mercancía para elevar su influencia en los negocios de representación de jugadores profesionales, únicamente para demostrar de nuevo como, si quieren, pueden hacer mover a un jugador (incluso con contrato en vigor) fuera de la ciudad que le adora. Para dudas, un paseo por la ciudad de Cleveland y una charla con los aficionados de los Cavs resulta imprescindible para entender de lo que estamos hablando. El objetivo es claro: que las franquicias les teman más todavía y eso les lleve a más facilidades y menos contratiempos cuando llegue la hora de sentarse y empezar a negociar. Sembrar (el pánico) hoy y recoger mañana.

Lo que ni se plantean ni les importa (quizá porque su limitada mente no lo llegue nunca a entender) es el hecho que Paul ha construido una relación preciosa y única con la ciudad de New Orleans. Ha invertido mucho dinero en ella, colaborado infinidad de veces en iniciativas sociales varias y ha sido el mejor embajador de la misma tras la tragedia del huracán Katrina en 2005. Qué más da! La pandilla que lleva a James no ve esos vínculos como un posible problema o impedimento, al contrario, no son más que el motivo para sacar más dinero de él, bien sea quedándose (y firmando una ampliación del contrato fuera de los estándares que el juego de Paul en pista se merece estos dos últimos años de lesiones y bajo rendimiento) o bien sea traspasándolo (y poniendo en valor, entonces sí, lo mucho de lo que hipotéticamente se desprendería Paul). Sinvergüenzas.

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